Rapsodia del Nuevo Reyno de León
A tres años de su partida…
La Universidad Autónoma de Nuevo León.
Dirección del Centro de Información de Historia Regional.
Monterrey,N.L. México 1990.
Rapsodia del Nuevo Reyno de León
Por Ernesto Rangel Domene
Con Viñeta carátula
de
Gerardo Cantú.
Grande ha sido la admiración que he tenido (sabio y prudente lector), desde que entré a este reino, que fue el año de treinta y seis; considerando cuan pocos eran los que en él, por escrito o tradición, podían dar razón verdadera de los sucesos, poblaciones, géneros y otras cosas sucedidas en él; de que se pudiera sacar, ya no fruto, deleitación.
Cap. Alonso de león (1649)
CANTO I
Altiva patria de mi brava serranía
ardiente y suave en azahares de tus huertas
mediterránea por palmeras y sequía
permite que el poeta cante tus desiertos,
la pura fragancia de tus cielos abiertos,
llanuras, y el trigo de la rubia Galeana,
el castillo imponente de las rocas yertas
y en Zaragoza altísima, novia lejana,
los inmensos pinares donde aún la vida
es agua clara y azul, es pura y humana;
de Aramberri su oasis que es huerta florida
de aguacates frondosos y acequia profunda
y a Iturbide hermosa, que es serrana garrida.
Al vasto cielo canto y la lluvia que inundada,
las tierras labrantías y después se niega
inclemente a los ruegos de miseria inmunda,
al clamor de los niños de Mier y Noriega
y al sudor de los viejos y el pan que no alcanza
desde este avaro suelo de tan ardua siega,
de tallar lechuguilla por Doctor Arrollo,
y elevo mi mejor canción por la esperanza
y afirmo un báculo de amor y en él me apoyo.
CANTO II
Por el camino de Santiago voy y vengo,
llego a Santiago, a la colina de su villa
y en el trayecto gano el tiempo y me entretengo
por un camino de verdor que maravilla
entre las fincas de perales y alamedas
chopos, naranjos, eucaliptos, la sencilla
casita oculta en el recato de arboledas
y al fondo blanca entre colinas ya se asoma
la iglesita de un pueblo de campanas ledas,
y un campo donde aún la flor de azahar aroma
y hay niebla y humo de la troje por la loma
y el zureo amoroso de la azul paloma.
En el camino de Santiago y en sus cobres
hierve la apetitosa calabaza en tacha
nuestros afables, recios campesinos pobres,
gimen molinos de molienda, cae el hacha,
y tomo un vaso de aguamiel mientras se ríe
con ojos de naranja verde una muchacha;
Y hay un pletórico rumor en cuanto fríe
y el oro de la abeja, tal una ambrosía
en el paisaje de la tarde se deslíe,
oigo en los prados la feliz algarabía
de un pueblo que en domingo es felicísimo
y el lunes vuelve a la tristeza más sombría;
con el picor del piquín que es picantísimo
acompaño el maíz, los rojizos tamales
y el ardor agoto en aguamiel dulcísimo,
torre del piloncillo que disipa males,
en estas tierras donde al rico dejó manco
y ayudó al pobre y asoló pueblos y zonas
Agapito Treviño en su caballo blanco.
Todos se preguntan por qué las amazonas
tienen ojos nublados, leche que derrama
una piel de marfil y el oro en las trenzonas,
y es que según nuestra leyenda y la proclama
un batallón francés, pero también un zuavo,
pronto cambiaron armas por la dulce cama,
por los naranjos, los granados y el guayabo
el agua en cántaros y el aguamiel sabroso,
el mescal y los dulces de canela y clavo,
por esta tierra donde el sabinal umbroso
hinca en las frescas pozas sus raíces duras
y desnudas doncellas buscan el reposo;
Yo me bañé de niño entre las aguas puras
y fui, porque soñé montar potranca
y con el tiempo el tiempo me las dio maduras.
Campea por todo rumbo la sensual belleza
de estas mujeres de áurea piel y de tez blanca
que son una metáfora de la cerveza;
y por Allende y por Terán, Montemorelos,
por Hualahuises y la señorial Linares
son las feraces tierras y los amplios cielos,
que este canto de amor celebra y estos lares.
En el camino de Santiago hay corolas
de bonetes azules, altos girasoles
arrogantes, y rojas amapolas,
humildes margaritas; vuelan enemigas
negras urracas por los dorados maizales
y su pan diminuto acopian las hormigas,
e igual que palomas asuelan los trigales.
CANTO III
La mesa de nuestra tierra es rural y es opima
hay naranja en conserva y nuestra miel de abeja
es frutal y Silvestre y del sol la rima,
es la hojarasca como un beso que nos deja
invitación a la gula, muy fijo anzuelo,
y en su sabor revive la cultura añeja
de semita judaica y de español buñuelo,
con anís y canela y azúcar y trigo
que son manjares bajados del cielo,
pan de mujer en nuestra tierra lo bendigo
y el pan de hombre es la mujer quien lo bendice,
basta probar para creer lo que les digo
y he de contar sin que esta glosa se eternice
de otros bocados de placer y de sustento,
sobre todo de quien con arte bien los guise,
y en los que aroma y color y gusto concuerde
porque un secreto ha sido siempre el condimento
y la mano amorosa –pues si no se pierde-
igual que a la mujer, cuando falta el talento.
En Cerralvo –no entraba aún la primavera-
recuerdo al amparo de su gran sabinal
un cabrito al pastor junto a un amor de hoguera,
orégano y comino y un toque de sal,
y un adobo que envuelve tortilla de harina
y un trago oportuno del Serrano mescal.
Y así surgen las salsas de chile muy verde
y las rojas de árbol en el molcajete
que el sentido incitan a la boca que muerde,
bronceadas carnes que el comensal arremete
jugosas vísceras y la dorada ubre.
más allá en el fogón, la olla que promete
con su olor frijoles que la cerveza encubre
y acude así la evocación al pensamiento
a cada nuevo ardor que el paladar descubre;
se cuece en brasas la panocha con acero,
leche de cabra le suaviza el cocimiento
y a gloria huele cuando azota el frío de enero,
y es humo tan glorioso el que se lleva el viento
y en tanto refulge la calabaza en flor,
a gran distancia ya adivina el sentimiento
un picadillo del comino delator,
de todo cuanto en brasas y en cazuelas dora
el untoso asado de Puerco y su color,
en la parrilla gime blanda tripa de oro
y es prueba aquí de nuestra grey bronca y sencilla
de un pueblo que come testículos de toro,
agujas dilectas y cargada Costilla,
zaraza carne y de la seca su caldillo
de maíz muy blanco y a mano la tortilla;
de cuanto digo y veo y sé me maravillo,
de piña o calabaza dulce la empanada
y de filete superior un cortadillo.
Por eso en esta tierra mexicana amada
no es que tengamos para regalar o sobre
cuajo de res, como en parás la gran fritada:
!mas dicen que en todo esto Nuevo León es pobre!
CANTO IV
Lunas de oro plata cobre y de marfil
en junio y octubre, en diciembre y abril
he visto en tu mapa de águila en perfil,
monumental la cordillera –valle en mies-
por cíclopes tallada en soledad y exilio
la he recorrido más con ojos que con pies,
y también tuve en ella mi salvaje idilio,
recogí en la cumbre la flor de maravilla
entre pinares altos y el morado lilo
y he amado en ella el viento, pájaro y ardilla
y en el atardecer la he visto amenazante
cual ola gigantesca de mi pesadilla;
Por sus caminos el eterno caminante
que buenas tardes dice en rústico ademán
o bien montado en flaco rucio cabalgante.
Por los caminos las carretas vienen, van,
los perros amarrados y pujantes bueyes
y sabias puyas en lugar certero dan,
cantados caminos por don Alfonso Reyes
que transitaban héroes y contrabandistas
combatieron Braulio Rangel, Bernardo Reyes,
tantos senderos de aguerridos caballistas
-sexo y aguardiente- robaban las muchachas
cual negro potro sus negras pistolas listas,
y aquí también se escucha el golpe de las hachas
y en ronda nocturna de coléricos gallos
hay pólvora y machetes en fiestas borrachas,
mas también hay amor por abriles y mayos.
CANTO V
Y sobrevive adusta y polvorienta Mina
pueblos de violencias salvajes, y muy crueles
de matones de General Bravo y de China.
Antigua Villaldama de antiguos laureles
de la plata abundante, del teatro y del fasto,
son casonas e Iglesias tus testigos fieles.
Bustamante hermana de nogalar tan vasto
que a pleno sol es noche entre su sombra negra
y nada hay parecido a una siesta en su pasto.
!Sólo estos pueblos tienen lo que más alegra
el pan hecho en casa y el corazón por mesa
el alba tan lúbrica, la joven que reza
y la mano dispuesta que todo lo integra!
Y ver en Hidalgo la paciencia del pico
de ave carpintera que en un árbol taladre,
los torreones gemelos de Potrero Chico
maciza cordillera al fondo, nuestra Madre,
y las casitas de sillar, ceñida barda,
temor de que un perro te muerda aunque te ladre,
dilatado el silencio de la tarde parda,
bandera de humo en esbelta chimenea
y el lento ambarino crepúsculo que tarda;
el humo es blanca bailarina que bracea
y en el corral de piedra de mansas ovejas
donde a ordeñar acuden jóvenes y viejas
ya sin recato alguno el burro que se mea.
Escuchar en la noche el silencioso acorde
del estrellado azul que la emoción desborde
y en la quietud nocturna el grillo monocorde.
Y yo recuerdo en García patios, las acequias
y otrora los huertos feraces y sombríos
de estos pueblos que se nos mueren sin exequias,
e higueras y nogales, providentes ríos
amamantaban aguacates y granados
y eran muy bellos y vivientes caseríos,
y ahora están las tierras secas sin granados
fachadas nobles de casonas misteriosas,
sombríos y antiguos graneros abandonados,
y hay calles desiertas de agrietadas baldosas,
pueblos que el tiempo evita y donde se remansa
en el recuerdo de otras épocas gloriosas,
y al fondo inmensa, como Catedral descansa
y de escarpada altura gris el roquedal,
y al interior de gruta en sombra el agua mansa
conforma rostros pétreos y árboles de sal,
oficia la oración silente de esperanza:
levanta columnas en un tiempo inmortal.
Y no tenemos mar y nuestros ríos magros
huyen ligeros de las sierras a la mar
y el campo vive casi de puros Milagros
mas ello no mengua la fuerza de cantar
y persistir en la brega y del triunfo en pos
ni por Anáhuac el prodigio de sembrar,
y luchar por la tierra cual bella mujer.
!Casi nos dejan sin frontera, no sin voz:
Colombia es modesta ventana para ver
de lejos al Gigante y acercarse a Dios!
Seguir la ruta al norte hasta llegar a Herreras
!Cuán alegre pueblo de baile a taconazos!
vestimentas de cuero y faldas volanderas
las parejas giran trenzadas de los brazos
y al ritmo vigoroso de los cuerpos fieles
la tarima retumba con fugaces pasos
que semejan airadas coces de corceles,
y son lo mismo al cabalgar que en el amor
ecuestres cópulas muy briosas y muy crueles,
el pueblo es uno en fiesta de tal esplendor,
la plaza es una y sola y grande carcajada
y ya una vez pasado todo aquel fragor,
oír las canciones en la noche estrellado
bajosexto acordeón y acoyotadas voces,
entre la carne seca y con la carne asada
o el coral de la carne que en la cama goces.
CANTO VI
Crecen en nuestra erguida patria montañosa
de contrarios solares, valles y desiertos
tanto los cardos, las violetas o la rosa
alfombrillas humildes y opulentos huertos;
hay colinas teñidas de azules corolas
y girasoles gallardos siempre despiertos,
rojas en el trigal las rojas amapolas
y el trigal ondula como un mar inconsútil
sin reposo ni sueño al cantar de sus olas,
y el esfuerzo por defender maizales, fútil,
los hurtan malditas urracas enemigas
que cagan al espantapájaros inútil.
Y yo recuerdo en mi niñez a las hormigas
las nimias catarinas, la sensual prestancia
de la complicidad de tórtolas amigas;
se va poblando el campo todo de fragancia
con delicados huizaches melancólicos
y la amarilla flor querida de mi infancia:
niebla de guitarra entre amigos alcohólicos.
Estos paisajes agrestes y bucólicos
igual los Cruzan hombres buenos, descrídos,
libidinosos curas –aunque católicos-.
Y he visto mezquites en lares montesinos,
los brazos muy rugosos y muy retorcidos
y oscuros, como son en nuestros campesinos:
parecen terrones de la tierra salidos,
son uno en el paisajes tal que se confunden
con árboles y piedras, pájaros y nidos
y con el barro y sol, el viento en que se funden
son manos, zurcos que celebran esponsales
que providente lluvia esperan los fecunden,
tierras de abundantes y espinudos nopales
órganos fálicos, biznagas como erizos,
uña de gato en los cerrados chaparrales
y al horizonte inmenso el Redondo cenizo
gobernadora y cardo y palma del desierto,
y bajo la llanura del cielo plomizo
hay inefables florecillas que no acierto
su nombre, mas no así mi corazón, mis ojos
y mis manos, que a todos aman en el huerto
en ortos nacarados y en ponientes rojos.
Crecen frescos helechos y geranios varios
en patios interiores y de azáleas finas
y por muros de arcadas trinan los canarios
pueblan aleros de parroquia golondrinas
negras, veloces enemigas del invierno
como añoradas por parejas en esquinas,
maúlla en los tejados algún gato eterno
y alternan en las tapias palomas lascivas
luciendo al cuello su tornasolado terno.
Lánguidas y claras, quebradizas y altivas
ondean melenas –femeninas jacarandas-
mujeres de ojos imposibles, pensativas,
y todo el cuarto invade olor a frutas blandas.
Idos marzo y febrero y abril fugitivo
después del vendaval ansioso y turbulento,
un álamo se queda inmóvil, pensativo,
libre por fin de la masturbación del viento.
CANTO VII
Hay placitas con sol y la gente se aburre
sedentes solteronas que por los visillos
ven la vida pasar y todo lo que ocurre:
jóvenes que acuden en alegres corrillos
por Higueras y Zuazua y en lugares varios,
con desenfado giran y observan sencillos,
zagalas que avanzan en círculos contrarios
tanto a los requiebros como el amor furtivas
y viejas que recitan eternos rosarios;
las copas de los árboles se pueblan de festivas
y alborozadas calandrias, urracas, tordos
que organizan también rondas intempestivas
y es tal la algarabía entre flacos y gordos
que se olvidan tristezas y antiguos rencores,
y no lejos del pueblo cementerios sordos,
pues en la plaza siguen los nuevos amores.
Mientras el sol a plomo exprime un dulce mosto
crepuscular, oír que nos repiten su aria
las tercas cigarras en la tarde de agosto.
Ver en Rayones la dimensión planetaria
e inmerso entre tanta hermosura y tantos dones
ejidatario aislado en vida solitaria,
en Ocampo humildísimo las tradiciones
de un pueblo que vive, tal otros, de milagro
más que nada por voluntad y por canciones:
que ha sido así el destino en Nuevo León del agro.
Dicen que en Cadereyta es pueblo de extraviados:
Marín junto a su río y grandes arboledas,
yo recuerdo un día la gira venatoria
que con Fernández hice en rudas polvaredas,
como también allá por Salinas Victoria
fogatas y tranquila gente en noche oscura,
y oír contar a los rancheros tanta historia.
Villa Juárez de mi niñez lejana y pura,
a la vera de un río todavía muy claro
pozas hondas, frías, la vida tal llanura
aún no recorrida y el recuerdo caro
de un bosque de luciérnagas en la espesura,
y un aroma en el viento inolvidable y raro.
Yen Sabinas un ojo de agua en tal hondura
cual un oasis por sabinos custodiado,
y escuchar en joviales risas su frescura
y en todo sitio de este suelo tan amado
por Vallecillo y El Carmen, por Abasolo
bajo el manto infinito del cielo estrellado
pensar en la vida, los hijos, pensar solo.
Sobre un camino en dos –la Ciénega de Flores-
partida está y he de aclarar que así se llama
por muy florida no, sino por moradores.
Y evoco el claror amarillo de retama
y a la orilla del agua un viento sosegado
en Pesquería y el Ramos, por el río San Juan
por el río Pilón, el Salinas y el Salado
mis amorosos recuerdos vienen y van.
Por mi campo abundan populares gorriones,
el rojo cardenal, cenzontle cantador
y las palomas perseguidas por halcones,
en el breñal el sigiloso cazador
la hélice impaciente de las codornices
el astuto coyote, cruel depredador
de conejos incautos y de liebres grises,
y no temer víbora negra, mas alerta
cuidar que cascabel ni coralillo pises;
como un relámpago el venado que despierta
ante el gato montés o el puma en serranías,
y no tener descanso ni morada cierta,
el jabalí y el oso negro en lejanías,
los guajolotes y aves verdes innombrables
todos como del mundo en sus primeros días
y las negras arañas, viudas respetables,
igual de malignas como algunas mujeres
suelen ser, y hay también algunas adorables;
caracoles, y un mundo de pequeños seres
inmóviles, volando cual la chuparrosa
eternas metáforas de amor y placeres,
como el asombro del rocío entre la rosa
y el gusano fantástico que se convierte
en la increíble e irisada mariposa,
un bosque que es la vida donde está la muerte
un bosque habitado por un fulgor de alondras
que el trino alegre dan, y su contraria suerte,
mas siempre, siempre cantarán entre las frondas.
CANTO VIII
Llegó Del Canto, Carvajal, Montemayor,
Treviño, Garza, Cuevas, Sadas y Botellos,
sefardita el linaje y la esperanza en flor,
a fundar Nuevo Reyno y llegó con ellos
el tesón y el aliento de la Libertad,
el amor a la tierra; primeros destellos
de un pueblo tan resuelto en la calamidad
que en guerra con indios o con inundaciones
reconstruyó con fiel paciencia la heredad,
y aquí está soportando las insolaciones
y el cierzo del invierno que mata sus flores,
mas nada detiene centenarias pasiones
y todo recobra la fe de sus amores:
ganar honradamente el pan, la vida diaria,
en el desastre no esperar tiempos mejores;
su vida es vigorosa, rica y es tan varia
que en terca lucha está contra toda inclemencia,
cuan ruda o triste sea, o cuan solitaria.
En parco hablar veraz estriba su decencia,
el agua es agua el pan es pan el vino es vino
y en llaneza cultiva un grado de inocencia;
tal ha sido y lo es de origen su destino
y Alfonso Reyes dijo entre sus muchas cosas
que un héroe en mangas de camisa bien adivino
como epíteto justo al hombre –y a las rosas-
la amapola morada prefirió del valle
las tímidas flores, sencillas y graciosas;
y este héroe en mangas de camisa y de la calle
desde la independencia y sucesiva guerra,
es hombre en libertad sin que su voz se acalle,
y muy ilustres genios siempre dio esta tierra:
Ramos Arizpe aquí estudió; nació en el Valle
Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra;
Y algunos pueblos tienen nombres de doctores:
Doctor González, del magnánimo Eleuterio
y Doctor Coss, de la Insurgencia y sus clamores,
y algunos otros llevan nombre largo y serio
Lampazos de Naranjo y Agualeguas, nidos
de próceres de luz o de épico misterio,
y otros lucen curiosos nombres de apellidos
Los Ramones y Aldamas, o de los triunfales
Ignacio Zaragoza y de otros aguerridos
como fueron nuestros insignes Generales,
General Treviño y el del gran Escobedo,
que con Juárez pudo acabar con muchos males.
Nunca fue pueblo en desbandada ni de miedo
y en Revolución, Villarreal, Pablo González,
siempre nos dio el solar a cual mejor soldado:
en armas, con su sangre, bravos Generales,
y a toda hora a tiempo de la Patria al lado!
CANTO IX
M en Montaña, Madre, Mitra y Monterrey
con ojos de Santa Lucía en tus albores
fundada a conducir un Nuevo Reyno y grey,
entre cuales nací, los primeros amores
y los primeros cantos escuché de guerra
-que vivir no es siempre como un valle de flores-
y no me canso de mirarte hermosa Sierra
y allí estarás igual imponente y eterna
cuando el tránsito obligue a dejar esta tierra,
al oriente La Silla que a la luna cuerna
y al ocaso Huasteca –ígnea Catedral-.
Lo mismo pinares nuestro país alterna
que en la bifronte Mitra yerto roquedal,
manzano y durazno detrás, en Cieneguilla
que las blancas arenas quemadas de sal;
como toro potente al Cerro de la Silla
aureola de niebla le cubre cornamenta,
o al alba tiene falda de neblina y brilla;
en la noche temprana la luna le inventa
ser gran perla engarzada en zafiro luciente
y azul mariposa, o corcel que apacienta;
y ver luego caer por el rojo poniente
farallones de sol y de intensos granates,
ya en noche madura, fría luna saliente.
Volver a la ciudad de ordenados arriates
álamos y alamillos, policromas hojas
bugambilias translúcidas y los dislates
de corpulentos fresnos, madreselvas flojas
árboles de blanco pantalón y en alambres
ropa tendida azul y gris y blusas rojas,
noble pueblo muerto de sed como de hambres
que nada arredra ni le trae la desazón,
urbe infeliz cual casi todas las que son
en este planeta infestado en tantos males,
donde priva la incurria y se premia al lenón;
y en lomas largas y colinas laterales
-panal es la miseria y lacra la indigencia-
al esplendor expuestas de las catedrales
majestuosas y azules de la indiferencia,
de una ciudad y de un país de viejos yerros
que no ha aprendido a moderarse en opulencia;
y aquí también hay perros feos, pobres perros
que comen en los basureros, perros ricos
que comen mejor que los niños de estos cerros
mas las vidrieras no mienten: como pericos
repiten las imágenes –sin dolor-
cual de las altas sierras impasibles picos,
lo mismo en primavera la admirada flor,
de frágil, breve vida, o cuan inclementes
el gélido invierno y el tórrido calor.
Como perros arrollados mueren las gentes,
el automóvil es un dios y lo que importa:
las máquinas puntuales, fardos inconscientes.
Todo esto y mucho más el pueblo lo soporta
pues antes tiene que vivir, huelga no entienda
que la brutalidad civilizada aborta
un implacable monstruo para la contienda
un Napoleón o un Hitler, un tirano cruento
y otra vez un loco Nerón que sin enmienda
a Roma en holocausto criminal sangriento
somete al fuego y al terror y a la vileza
de liras demagogas y dolor sin cuento,
sin que pueda jamás cegar razón, belleza.
Guadalupe, San Nicolás, San Pedro, Santa
Catarina y Apodaca, custodios son
de Monterrey, que es ya la entrelazada planta
de un territorio que es cabeza y corazón.
Y en el río seco que se torna en pesadilla
la insomne lagartija sobre piedra bola
y un olor inefable de cieno y jarilla
y el caballo del sexo despierto en la sola
tarde invadida de flechas sobre la orilla.
Todo el poder del cielo entre su voz concita
el caudaloso Río de las Palmas, el Santa
Catarina, como un muerto que resucita
Y blande espadas de agua con furor que espanta.
La ciudad es mujer que bien se ve de lejos
donde la niebla y humo y la distancia encubre
gran fealdad de caries, cloacas y pendejos,
mas quien bien sabe ver, bien pronto lo descubre
a través de bruma engañosa o de reflejos
lo que es la primavera de lo que es octubre.
Y así el eterno afán y el espejismo viejos
del agua, de vigilar los cielos –la ubre-
como seguir joven mujer con catalejos.
Ya no se ve desde esta altura intensa flama
ni el trajín y bullicio de la sucia calle,
ni esa obligada y fea novia en triste cama:
nuestra ciudad común tendida sobre el valle.
¡Y cómo conciliar tanta belleza de orbe
aquí donde el paisaje es sutil transparencia,
sin que tanta miseria duela y nos estorbe
al no poder mentir jamás a la conciencia!
CANTO X
Somos parte de una extensión mayor amada
que desde Baja California a Cozumel
hay litorales de turquesa entresolada,
desde Nuevo León de azahar y rubia miel
hasta el Guerrero de la enjundia tropical
los matices diversos de mestiza piel.
Y ostenta nuestra Patria cadera sensual
como la nieve en cumbre ya serena y fría
las muertas arenas del desierto infernal
y así en la cruz o en la x esta Patria mía,
por cuatro rumbos inmortales y valerosa
en un prodigio del amor su poesía,
que alterna los pirules con perfecta rosa,
orquídeas, magnolias, gardenias y jazmines,
cactus, magueyes, amapolas, cuanta cosa
pudiera imaginarse que hay en los jardines
viandas, aromas, oro y plata y el aceite,
lo que no es ocio vano de nuestros confines;
pues qué otro oficio es de la flor sino el deleite
de los ojos, la antorcha y señorial cabeza
de la mujer, que rivaliza con su afeite;
qué otro oficio tiene el dolor y la tristeza
si no es el revelar la vida y su hermosura
y sustraer como la abeja la riqueza,
y verte en mí, como también en otro verte,
pues si no fuera así no hubiéramos ternura
ni modo de entender la vida entre la muerte,
único espejo que nos brinda coyuntura.
Regreso a contemplar de nuevo roca dura,
al sol y al naranjo y al Cerro de la Silla
la iglesia entre los campos de augustos perfiles
tierra contrastadísimaque maravilla:
por un costado eleva las torres fabriles
y el recuerdo imperial de un León de Castilla,
tal es de Nuevo León el escudo y emblema
y el de su gente natural como sencilla
siempre ascender ha sido el persistente lema.
Brilla mucho más alto que la cordillera
la estrella de la tarde, la estrella del alba
la estrella del amor, la última y primera
la que a veces nos mata –y también nos salva-
y en la penumbra el corazón palpita y arde
tal estrella del alba o estrella de la tarde.
Faltó a mi canto mencionar mil y una flor,
e igual que trovador rural aquí les pido
disculpas, no es lúcido desdén: ciego amor,
fue más por ignorancia que por el olvido.
Concluyo ya el periplo de mis heredades,
con infinito amor pongo el punto final
de este canto a los campos, pueblos y ciudades
del Gran Reyno de la Sierra Madre Oriental.
17/XII/1990
Ernesto Rangel Domene.
(1936 – 2008)
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