Editorial de La Jornada; «Cuando el futbol deja de ser un juego».

…(…)… –sin negar el nexo entre futbol y nacionalismo mal entendido y pésimamente expresado– cada una de las personas (porque hay hombres y mujeres) que conforman las agrupaciones de choque de los clubes y las selecciones evidencia cada vez mayor «compromiso incondicional» con el equipo que apoya. Ya no se trata de la furia colectiva, repentina y finalmente pasajera originada por una injusticia real o supuesta de parte del árbitro, o por el alucinante imperativo de vengar una presunta afrenta inferida por «los otros» en la cancha, sino de una ira sistematizada que, con determinación, se prolonga en el tiempo y en el espacio (los zafarranchos suelen extenderse a distintos puntos de las ciudades y duran días). Y es que en el plano personal, los equipos de futbol se están constituyendo cada vez más en dadores de pertenencia, función que tradicionalmente se asociaba con los cultos religiosos, las comunidades barriales y otras formaciones sociales acotadas, particularizadas y proveedoras de lazos comunes que el modelo económico vigente ha debilitado seriamente y amenaza con desarticular.

Desde esta óptica, las medidas preventivas que para terminar con la violencia en el futbol plantean tanto las federaciones nacionales como el organismo que la rige, no pasan de ser expresiones de buenos deseos orientadas a atacar la superficie, «la parte que se ve» de esa calamidad oculta tras un juego de 11 contra 11.

La Jornada.unam.mx

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